¡Claro que me da miedo!

 Hola, 9 años después, vengo a contarte nuevas historias. ¡Claro que me da miedo volver a exponer mi corazón en internet! pero bueno, aquí vengo. 

La historia de mi diente roto 

Seguro te haz fijado en la cara que pone un perro que ama como le da el viento, cuando asoma su cara por la ventana. Con ese placer, me siento yo cuando patino. Cuando fui adulta con éxito suficiente para comprarme lo que quería, me compré los patines de mis sueños. Esos patines que mis papás no me compraron porque hubieran tenido que comprar 3 pares para las 3 hijas; y la verdad es que salían mucho más baratos los del súper. 

Un buen día de los inocentes, mi hijo olvidó un patín del diablo en casa de unos amigos, a un par de cuadras de la nuestra. Fui por él y venía caminando, agarrando el manubrio del patín que bailaba a todos lados. Entonces, en una de mis locas aventuras de chamaca impulsiva (chamaca digamos ¿37? ¿38 años?),  La noche fresca de un 28 de diciembre, el viento perfecto para sentir en mi cara, la calle sola para hacer travesuras... Sé que entiendes esa emoción de tener algo en las manos y lanzarte con ese impulso, de evocar los secretos de niños y las risas delatadoras, un momento para dejar de ser la mamá, la empleada, la dueña de casa, la señora responsable... 

Por supuesto que sin casco, sin rodilleras ni nada; ajusté el tamaño y a darle. Claro, no es lo mismo MIS PATINES, que el patín del diablo del hijo. Con mis patines también me he caído, y ya tengo calculada la distancia exacta entre las borlas de los topes de mi colonia; pero con este diablo, más diablo que patín... ¡claro que no! 

Todo esto sucede más rápido que lo lees 

10 metros antes, tengo que ajustarme al centro de las borlas 

5 metros antes, ¿si están delgadas las llantas para pasar por ahí? 

2 metros antes, ¿y si pega el piso de la patineta? 

0. 

Y por unos segundos vuelo, lo suficiente duradero para saber que estoy cayendo; pero demasiado rápido para meter las 2 manos así que solo queda la mano izquierda y mi cara contra el asfalto de la noche, de un 28 de diciembre que fui mi propia broma del día de los inocentes. Siento como sale de mi boca el pedazo de diente, el sabor a sangre en la lengua, el ardor en la piel raspada. 

Y pues nada, para no hacer el cuento más largo, endodoncia y reparación, unos cuantos miles de pesos menos; y la advertencia que lo reparado duraría sólo 2 años. ¡Por supuesto que lo olvidé hasta que pasaron 2 años y medio y el diente botó, mientras intentaba abrir un bote de pegamento...! Chin, ya es abril 2025. Lo volvió a reparar la dentista, me volvió a decir que se volvería a caer en un mes, que lo que sigue es un implante que aún no me atrevo a ponerme. El mes expiró un poco después de mi cumpleaños así que por esas fechas tengo mis últimas buenas fotos. 

Te escribo porque claro que me da miedo operar el diente. 

Pero es curiosa la mente humana. Me da más miedo que me veas sin saber que le sucedió a mi sonrisa un poco rota, que te distraiga de la conversación ese hueco de apenas un centímetro, que a mi me parece un hoyo negro en la galaxia, que te distraiga a ti de cualquier cosa que yo te quiera decir.

Con el tiempo te iré contando más cosas, esta es la primera de mi nuevo experimento. Gracias por leerme. 

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