Pueblo de niños

Para una servidora, crecer fue muy divertido, teniendo acceso a los vicios lectores de mi papá. Con la hiperactividad de mi hermana Renatta, y la chipilonera de Romina, fue un proceso natural en mi, dedicarle muchas de mis tardes a la bicicleta si el clima lo permitía, y a los libros si no tenía ganas de salir al sol. Me acuerdo que mi papá compraba Proceso semanalmente, mucho antes de que él escribiera. Yo leía algún que otro artículo, pero siempre las guardaba porque creía que algún día iban a tener un valor histórico, hasta que descubrimos el reciclaje.

En esta infancia, aislarme era una opción, y recurría a ella cuando me aturdía de tanto jugar. Mi casa y mi barrio eran lugares bonitos, llenos de vecinitos, perros, bicis, patines, viajes a la tiendita y tardes de carrito de las nieves.

Esta Semana Santa, encontré infancias muy lejos de la mía. Si bien, he participado en actividades de asistencia social de diferentes maneras, nunca había experimentado la soledad infantil tan de cerca.

Llegué un día tarde al campamento de misiones católicas en Pesqueira, Sonora. Tengo el orgullo de participar en este servicio desde el 2007. Cabe señalar que, no únicamente nos dedicamos a las actividades de la iglesia, sino que tratamos de dar lo que podemos, y un poquito más: nos acompañan tres doctores, con donativos de medicamento patrocinados por hospitales. Los miembros del campamento donan, además de su tiempo, ropa, juguetes, zapatos, y les organizan un bazar a los del pueblo. Todos los días, visitamos casa por casa para detectar necesidades, e invitar a la gente a los eventos.

No tenía territorio asignado para visitar, y aún no tenía suficiente material, pero con saber las actividades del día, me le pegué a la familia Navarro Díaz Barreiro. Mi amiga Yoly de Navarro, es mamá de cinco. Los dos más pequeños, son de la edad del mío, así que le dije que me los llevaba y le ayudaba por un lado de la acera, que ella tomara el otro; de manera que pudieramos visitar a más gente. De repente, fui la líder de un ejército de niños: Andrés y Diego Navarro, mi hijo Bécker Andrés, y otros diez pesquereñitos de pies descalzos, ropa de tres días y pelos parados por tanta
tierra.

Mi ejército y yo, caminamos media cuadra, y se nos acabaron las casas con gente.
- Aquí vivo yo, pero no hay nadie hasta la tarde que regresan mi amá, mi nana y mi tata-, me dice uno de mis compañeritos.
- Órale, y ¿a qué hora es eso? – pregunté.
- Pos hasta la tarde que los trae la combi del campo.
- ¿Y tu con quien te quedas ahora en las vacaciones? -
- Pos jugando afuera, tengo muchos amigos y en la casa me aburro pos. Y mi amá me dice que no me salga, entonces cuando ya van a ser las seis le corro a la casa pa que crea que estoy jugando en el patio. –

Cambiamos un poco el rumbo, para seguir caminando. Isaac, de 7 años, está enamorado de una niña de 14, así que, siguiendo el juego (muerta de la curiosidad también), tomamos el rumbo a visitar a “la Jessica”. El territorio autoasignado era de varias cuadras. Los solares eran amplios y cercados con alambre de púas, la mayoría de ellos eran pura tierra del desierto. Algunas de las casas estaban abandonadas. En éstas, dejaron abierto el hoyo de la fosa séptica, y los vecinos los han ido rellenando con basura.

Encontré a varios niños solos en sus casas, incluso un par de 5 y 3 años

respectivamente. Mientras sus familiares adultos trabajan, ellos se quedan ahí, a esperar que vuelvan. Mis acompañantes me explicaron que eran vacaciones, normalmente, los que van a la escuela, se quedan jugando en el área deportiva (que por cierto arreglaron hace poco, y está mucho mejor que en años pasados). Otros, se quedan en la cancha frente a la iglesia, y sus papás van a buscarlos ahí. Otros tantos, los dejan desde que amanece en la escuela, esperan a que abran
y entran. Cada quien resuelve su abandono según las instrucciones de sus papás, quienes se ausentan todo el día.

Cuando menos, la mayoría tienen donde vivir. A diferencia de los niños de la calle que vemos en las ciudades, estos niños tienen familias. No hay suficientes servicios ni gente en el pueblo como para ganarse la vida de limpiavidrios, payasitos, o limosneros. Aún no decido si esto es bueno o malo, pero pasa.

Las mamás de estos niños, son niñas teniendo bebés. Si bien, se les ha hablado de sexualidad, castidad, valores, limpieza, (incluso anticonceptivos, contra el manual del misionero que propone métodos naturales). Se les trata de inculcar algo, que en el futuro pudiera hacer alguna diferencia. Las muchachas del pueblo tienen sueños humildes, tener su casita y sus bebés. Sin las posibilidades reales de tener su casita, las nuevas familias terminan “arrejuntadas”, en el mismo espacio que los papás o los suegros. Hay familias de 15 personas, de cuatro generaciones, viviendo en la misma recámara. Se comparten la ropa, la comida, los juguetes, las enfermedades, los tendidos y los piojos.

Otto, un papá misionero que se había quedado trabajando en Hermosillo, alcanzó a su esposa Elena un par de días después. Otto nos platicó que, antes de llegar, había sentido que el relato de Elena era dramático y exagerado; pero el plan era el mismo que el resto de las familias: misionar. “Esta es la casa. No hay agua, la señora no sabe desde cuando la cortaron, desde entonces, no baña a los niños. No hay electricidad. El marido trabaja en el campo, la señora cuida a los cuatro niños, el mayor tiene 7, el chiquito 1. El doctor los va a atender sin ficha, porque
están desnutridos e invadidos de piojos”. Después de la consulta, los misioneros los bañaron, y les dieron las únicas barras de granola que tenían a la mano, el más pequeño insistía en darle una parte a su mamá. Ella se rehusaba a comer, para “que coma él, está chiquito”. El bebé trataba de darle el pedacito de granola a la señora en la boca. ¿Cómo sabía una personita tan pequeña, que ella también necesitaba comer? ¿Que instinto le dijo que había que compartir lo poco que había?

Y así es. Cuantiosas señoras y algunos señores nos acompañaron en los servicios de la iglesia. Muchos, como comentaba el Padre Hugo, tienen una fe mágica, esperando dejar de enfermarse porque se bautizaron o porque fueron a misa. Otros, esperando los vales para cambiarlos por objetos del bazar. Mientras tanto, el pueblo de niños hervía como hormiguero. Niños juguetones como todos. Divertidos y despreocupados de la mugre, felices jugando a la roña, los encantados, las escondidas, al bombero. Cien niños… trescientos niños… ¿mil niños?

- Doña, doña, ¿me regala un rosario?-
- Si rezas conmigo, si no, no. -
- ¡Ay pero está bien largo!-
- Nomás un pedacito, y no se te va a hacer largo si rezas conmigo.-
- Pero mi hermana lo quiere.-
- Que venga tu hermana y rece con nosotros.-

Y de repente, teníamos una fila de personas de todas las edades, buscando el micrófono para rezar. No sé que pidan estas personitas en sus oraciones, pero espero no ser la única que pida por ellos.

Comentarios

  1. Me encanta tu columna, es muy descriptiva de las realidades que son ineludibles. Cuando ves a todos esos niños jugando, haciéndose compañía unos a otros, saber que sus padres tienen que trabajar de sol a sol, ¿qué piensas cuando los miras? ¿Será que de pronto nos hemos vuelto inhumanos o indolentes ante las expresiones de los niños? ¿Qué necesita la gente cuando se enfrenta a la escasez de lo más elemental para vivir? ¿La fe es lo último que se pierde? ¿Ser solidario es una cosa indispensable o hace falta algo más?
    Me gustaron mucho tus letras, espero sigas compartiendo más. Saludos de tu amigo y seguidor en Twitter @ulisesmx

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  2. Siento que el tiempo no alcanza. Pasan los días volando, y entregas todo, lo que traes en la mochila, la saliva de tanto hablar, frases de aliento, medicamentos, botellas con agua...

    Hay muchas maneras de ayudar, sea cual sea la forma, ligándolo a una religión o no, lo importante es buscar la manera de generar cambios y entregarse a ellos.

    Ya como una observación del lado de la fe, hay mucha gente que me lee y que no cree en Dios, pero porque no se ha permitido a si mismo sentir su presencia. Sea el Dios católico o sea un ser poderoso y creador, la manera más fácil de encontrarlo es hablar con un niño necesitado de una conversación.

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